Estrellas de polvo - capítulo uno

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“Estrellas de Polvo”

Escrito por Enrico Mattioli

Distribuido por Babelcube, Inc.

www.babelcube.com

Traducido por Yaiza Cañizares

Diseño de portada © 2016 Enrico Mattioli


No trabajaba desde hacía algún tiempo. Mi último trabajo fue un curso de interpretación coordinado con mi amigo Thomas Albergari. El primer mes era gratuito, durante el cual impartíamos una clase a la semana –preliminares de la técnica y dicción para captar el interés de los alumnos–, después se acordaba un precio asequible. Resultado: no volvía nadie. Eran jóvenes que se lanzaban a la piscina en busca de la fama televisiva. Eran grandes maestros en el teatro de la vida, interesados más en las habilidades sociales que en las habilidades artísticas.

También, escribía guiones y obras de teatro. Les enviaba mi material a los directores a cuyas representaciones asistía como espectador en más de una ocasión, con el propósito de entablar amistad o de suscitar en ellos un sentimiento de reconocimiento a cambio de la fidelidad que les mostraba.

La virtud fundamental que un artista ha de tener es mostrarse siempre ocupado, aunque sea con las obligaciones de la casa. Ellos siempre estaban ocupados con proyectos importantes, o por lo menos esa era la primera impresión que me daban. Intentaba apartar de mi mente la segunda hipótesis sobre si mi trabajo o mi persona se les hubiera, o no, indigestado, pero conforme pasaba el tiempo, más me convencía a mí mismo de haberla cagado de nuevo. 

La vieja manía de americanizar los nombres no había cesado entre mis amigos. Willy era Guillermo, Al era Alberto y Rick era Ricardo, o sea, yo. Se analizaba esta tendencia y se comercializaba con ella. Como siempre, a las cosas más estúpidas se les dan más importancia.

 

Ricardo Nola.

 

Especializado en nombres artísticos, títulos de piezas musicales, títulos de novelas, cuartas de cubierta y obras intelectuales en general.

 

¿Has compuesto una obra de arte pero no encuentras el título idóneo?

 

Escríbeme y lo encontraremos.

 

La carta de presentación de una obra y su título son fundamentales.

 

A los que visitaron mi página web, les pareció divertida esta nota:

 

«La autoestima solamente se alimenta de las habladurías cuando su nivel está totalmente por los suelos». Mi buzón electrónico estaba lleno de invitaciones para espectáculos, pero vacío de proyectos. En mi camerino virtual había un espejo, ante el cual me paraba para observar con calma el carnaval de la existencia, sin ver cómo los días de júbilo sucedían.

Anita, poetisa y de Forlì, me contactó por el chat al día siguiente del anuncio. Quería un nombre, no estaba contenta con el suyo. Pensaba que era por eso, por lo que las cosas iban de mal en peor, hasta la mala suerte se convertía en un clavo ardiendo al que agarrarse. Anita entendió que los vicios y las debilidades de los demás se usan sin escrúpulos porque constituyen una fuente de oportunidades. Trabajaba como correctora de textos, pero los errores germinaban en las hojas sin generar más folios y por eso, decidió asentarse en el negocio del chat erótico:

 

-Entonces, ¿qué necesitas exactamente, Anita?

-¿Entiendes de chats eróticos?

-No. Pero podemos encontrar algún nombre para ti.

-¿Tenías alguna idea?

-Sí. Había pensado en... Eva.

-¿Eva?

-La pecadora por excelencia. Nombre de puta, ¿no?

-Mi madre se llama Eva.

-Ah, perdón…

-No pasa nada. Es apropiado.

-¿De verdad?

-Sí. Está bien.

-¡Genial! Entonces, propongo: ¡Eva Pop!

-Eva Pop está bien.

-Sí, Pop: amiga del arte pop y del arte porno.

-¡Ahí la has dado!

-Un pregunta: ¿por qué el chat?

-¡Porque es un negocio de la leche!

-¿Ah, sí?

-¡No tienes ni idea de los desgraciados que hay en internet! La desgracia da dinero.

-Bueno, me alegra haberte sido útil.

-Solo una cosa más. Mi sexto sentido me dice que te lo tengo que preguntar.

-Dime.

-¿Te gustaría colaborar? Textos, indicaciones, servicios puntuales, por ejemplo: un trío, pagando el suplemento; cosas del estilo y otras que iremos haciendo sobre la marcha.

-Pues, no sé cuánto tiempo podría dedicarle. Soy actor. Y si me surge un proyecto, ¿qué?

-Te ofrezco el treinta por ciento. Yo pongo la web y me ocupo del resto. Al fin y al cabo, la idea es mía.

 

Pasó el tiempo. Una noche convencí a Willy para que me acompañase al Testa di Coccio para ver un espectáculo en el que Thomas Albergari actuaba. La obra comenzaba a las diez, pero yo siempre llegaba antes para comer algo. Llovía. El otro extremo de la calle estaba cortado por las obras de alcantarillado y Willy no podía pasar. Me llamó al móvil, blasfemando.

La calle Monte Testaccio rodea el Monte dei Cocci y yo me encuentro en el lado opuesto, delante del local. Y Willy, sin embargo, volvió hacia atrás recorriendo todo el tramo restante hasta la Pirámide, en vez de seguir hacia adelante por la calle y dar una vuelta a la manzana. Después de casi media hora, apareció detrás de mí, llegando desde el cementerio protestante donde se encontraba la tumba de John Keats. Mientras lo veía llegar echando humo, me puse a recitar el epitafio de la tumba de Keats: «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua». Willy se puso como un demonio y me culpó a mí por haberle convencido de seguirme, y al navegador, y al satélite también, los tres éramos culpables de que se equivocara de dirección.

 

Invitar a Willy era un riesgo. Insatisfecho de por vida con su trabajo en una compañía telefónica, siempre sacaba pegas a los planes que no organizaba su prima y conseguía aguar la fiesta.

Subimos las escaleras. Él se paró a leer con detalle el cartel de los índices de alcohol permitidos para poder conducir, tratando de obtener la proporción exacta entre su peso y el nivel de alcohol de dos cervezas con el estómago vacío.

Le dije que no nos quedaríamos sin comer, que algo nos echaríamos al estómago, pero me respondió que ya no tenía hambre. Parecía alterado incluso sin haber bebido:

 

 -¿Qué hacemos aquí? -seguía quejándose.

Lo empujé dentro del local y pedí macarrones con salsa picante y la bebida. Él no quería nada:

 -Lo pruebo de tu plato -dijo.

Era un local con las paredes blancas, había mesitas y pequeños sillones, los cojines esparcidos por el suelo, con los techos en forma de arco y pasillos que convergían en el escenario. Normalmente asistían personas de buena posición y con las que no me sentía cómodo a no ser que actuara de cara a la galería como ellos. Era como el Roxy Bar de Vasco Rossi y ellos eran las estrellas. Dios mío: creían ser como las estrellas y lo mejor de todo es que lo conseguían haciendo el gilipollas.

Me acerqué a Giorgio Lallo, un director con el que me faltó hacer una prueba para la película que luego se convirtió en mi favorita: Las fiestas no terminan nunca y que se parecía un tanto a la historia de mis amigos y de nuestras fiestas. Se lo recordé, le dije que Al Sapone, mi representante, me había conseguido la audición a través del «honorable» Arena. Giorgio Lallo me escuchó en silencio. Después, llamó al barman:

 

 -Oye, una cerveza aquí, para mi amigo, y tráele un bocata.

 

Me dio una palmada en la espalda y desapareció por los pasillos del local sin decir nada más. Volví a la mesa. Willy estaba comiéndose los últimos macarrones y se había pimplado la cerveza:

 

 -No te has perdido nada, demasiado picantes y encima -me explicaba mientras masticaba- estaban aceitosos.


 

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© ENRICO MATTIOLI 2017




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