Estrellas de polvo - capítulo tres



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“Estrellas de Polvo”

Escrito por Enrico Mattioli

Distribuido por Babelcube, Inc.

www.babelcube.com

Traducido por Yaiza Cañizares

Diseño de portada © 2016 Enrico Mattioli


Alberto y Mary se conocieron durante unas vacaciones en Formentera. Él era actor. Decepcionado por el fracaso artístico y presionado por su respetable familia, decidió aprovechar sus estudios y se convirtió en empresario. Mary, que siempre admiraba a cualquier persona que formase parte del mundo del espectáculo, además de su tendencia de partir los nombres de todo el mundo, lo convenció de que «Al» combinaba a la perfección con su apellido, Sapone:

-Suena bien, es como si fuese Al Capone, solo que el tuyo es con ese -le dijo.

En aquel viaje también estaba Willy, el cual se sentía marginado por su prima y no llevaba muy bien tanto interés en los trapicheos de un desconocido como Alberto. Al y Willy no terminaron de llevarse bien nunca. No volvieron a verse hasta una noche en una fiesta. Al había creado una pequeña agencia de artistas y Mary se ocupó de la placa de su oficina. Después, organizó una fiesta en la casa que compartía con Willy. Los dos primos, no solo compartían piso, vivían al unísono.

Mary repartió entre los invitados una camiseta con la imagen de un puro fumando y que daba, según ella, la sensación de agrio y perverso. Debajo de la imagen, la frase: «Al Sapone, abogado y representante de artistas».

No paraba de recibir felicitaciones por la idea de la camiseta y por cómo había organizado la fiesta. Éramos unos treinta invitados, yo y unos cuantos de profesión indefinida dentro del mundo del espectáculo. El resto, tenían una vida convencional con un trabajo estable.

Estábamos en el gran salón que Mary preparó para la fiesta. Willy, al cual le endosó el rol de camarero, estaba enfurruñado. Mary iba y venía con el vaso vacío, bromeando sobre que el vaso estaba agujereado. Willy la miraba con desprecio. Por muy altos que fuesen los tacones que ella llevaba, quedaba muy claro que el motivo por el cual Mary perdía continuamente el equilibrio era otro. En la esquina del salón, había un atril de madera ante el cual nosotros, los supuestos animadores de la fiesta, nos situábamos por turnos para entretener a los asistentes. Los más populares eran los versos que Thomas seleccionó, aunque enseguida se enfrascó en una retaíla de chistes, y nosotros, actores, nos convertimos en espectadores. 

Me puse a conversar aparte con Floriana y comenzamos a bromear sobre nuestras camisetas. Mary se percató. Por celos, y también con la excusa de no aislarla del resto de los invitados, la agarró y le pidió:

 -Venga cariiiiño, cuéntanos cómo conociste a Scorsese.

Observaba como Flo se dirigía hacia la muchedumbre del brazo de Mary, y con la mano le lancé un beso de despedida. Mary, le estampó uno en la boca, para que a todos nos quedase clara la relación entre ellas.

En ese momento, Willy crispado por el hecho de que Mary le hubiese dedicado una fiesta a Al y estuviese haciendo tonterías con Flo, la agarró del brazo y le dijo que parase, porque estaba borracha y fuera de control. Añadió además, que él no era su niñera. Mary le respondió:  

-¡Sí, ya sé que no eres mi niñera! -y delante de todos lo mandó a hacer puñetas. Willy se ofendió y le dio un bofetón.

La situación empeoró. En aquel momento Al intervino y acusó a Willy de haber fastidiado la fiesta:

-¡Y tú -le replicó Willy-, recuerda que estás en mi casa, señor Al Capone con ese!

Empezaron a empujarse. Al agarró a Willy de la chaqueta diciendo a gritos la relación tan enfermiza que tenían él y su prima. Mary, borracha, se puso a llorar pidiéndonos perdón a todos.

Al se fue. Después de este altercado, la relación entre ellos se recompuso, pero solo de manera formal. Mary se disculpó con Al, echándole la culpa al alcohol. Fue la única vez que Willy y Al llegaron a las manos. Desde aquella fiesta, solamente le siguieron montañas de trapos sucios que se sacaban el uno al otro en cada reunión posterior.

Así fue mi primer gran encuentro con Al. Dicen que los primeros encuentros son reveladores. Bueno, yo no hice mucho caso a esto y subestimé el desarrollo de aquella noche.

Tenía menos de treinta años, mucho camino por andar y, tal y como creía, mucho tiempo por delante para permitirme un margen de error. Sin embargo, el tiempo no es amigo de nadie.


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© ENRICO MATTIOLI 2017




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